Perú: Primero la gente y luego la comida, siempre en ese orden.
Esta fue una frase que surgió de una conversación bastante casual entre Kary Pastor, Eduardo Marisca y Yes Rosario. Nos estaban recibiendo en Perú y hablábamos de la buena gastronomía del país. Pero más allá de lo rica que es la comida, nosotras (Yes Rosario y yo) decíamos que lo más lindo era su gente. Sin embargo, llegamos a la conclusión de que establecer el orden era difícil. Entre risas, ya no recuerdo si fue Eduardo quien dijo: “La gente te lleva a la comida.” Y dijimos: “oyeeeee, cierto.”
Te preguntarás a dónde nos lleva todo este chiste. Cuando pensamos en por qué la tecnología funciona como funciona, es porque al final del día la consumimos, humanos, y no nos damos cuenta de que primero siempre debe ser el humano, la gente. El algoritmo, sí, o sea, es importante, pero no creo que el algoritmo quiera compartirlo con otros robots y morirse de la risa a las 2am. Veo empresas haciendo ruido y explotando personal para llegarle solo al algoritmo, olvidando que la tarjeta de crédito la sigue pasando una manita humana por la terminal de pago.
Dentro de las cosas ricas que comí en Perú se encuentra el famoso pollo a la brasa, que, si vieron nuestros stories, sabrán que Yes Rosario no dejó de promocionarlo. Pero ¿por qué? Porque era algo común, simple, pero no falla. Y boricuas que me leen, ajá, sí sabe mejor que el de Aníbal BBQ en Toa Baja, lo SIENTO (eso sí, los tostones no entran en la conversación; eso sigue siendo lo mejor de Aníbal BBQ).
Cuando pienso en experiencias de usuario, me imagino pantallas donde los botones parezcan botones, texto fácil de leer, diseño claro, que no falle aunque sea “básico”. Y es que lo básico no tiene nada malo. Si sabes lo que buscas, obtienes lo que quieres y así nadie pierde. Pero claro, siempre están los que se empeñan en preguntar que, de tantas cosas, ¿por qué un pollo a la brasa? O mejor dicho, ¿por qué una pantalla básica? Porque no falla, porque resuelve mi hambre, porque no tengo que pensar. Y es que la sobrecarga cognitiva es cosa seria. Ver menús de 25 páginas en Puerto Rico es como un deporte extremo demasiado cotidiano. En Perú no se complican, como dicen ellos: “maña”, directo al grano. De 5 a 10 ítems, eso es lo que hay, tómalo o déjalo. Pollo con papas, ensalada o camote. Qué bendita manía de los diseñadores de poner todo con movimiento. Ve al grano. El usuario quiere tomar una decisión a la vez, no descubrir la luna.
Layshi Curbelo, Karien Diaz y Yes Rosario sonriendo en Primos Pollo a la Brasa.
Y es que en este viaje, entre la comida y la gente, aprendí que el diseño lo complicamos porque tiene mucho que ver con la identidad. Cosa que amé de Perú: la gente es justo lo que ves, sinceridad, humildad, pero sobre toodooooooo inocencia. Peruano que me lees, no te molestes, pero me sorprendí con muchas cosas que no eran comunes, no porque no existieran, sino porque elegían no ser parte del problema. No es que no exista el chiste de doble sentido; es que ese humor es fácil, pero una conversación profunda llena más y si viene de un chiste que no esperas, ya el doble sentido deja incluso de ser gracioso. Me recuerda a cuando ves una obra de Picasso: no es que el tipo no supiera dibujar; al contrario, dibujaba increíble, incluso hiperrealista, pero decidió una ruta más interesante para poder hablar y comunicar de manera diferente.
Sin entrar en temas que nos alarguen este blog culinario diseñado a una revolución de país, el estatus colonial de Puerto Rico es cosa seria. Luego de explicarlo a varios peruanos, me di cuenta de que mucha de nuestra idiosincrasia (cómo somos, pero también cómo consumimos tecnología) tiene mucho que ver con “desconfianza” y situación colonial. Y si no te molesta buscar en “state” Puerto Rico para darte cuenta de que tampoco apareces en “country” cuando compras algo online, este blog no es para ti. Explicar lo que somos puede ser extenuante, reflexivo y hasta un reto. En 7 días me cuestioné el uso del .com versus el .pr y es complicado explicar que el puertorriqueño muchas veces prefiere un .com porque lo siente más global cuando quiere crear su página web. Y que hasta incluso tiene que ver con disponibilidad ya que otros países poseen un código de país asignado internacionalmente como estado soberano. Sin embargo, nosotros estamos conectados al ecosistema estadounidense. A eso súmale que fue introducido el 27 de agosto de 1989 y que es administrado por Gauss Research Laboratory Inc. Pero lo más que me duele son los precios de registro de un dominio .pr, los cuales van desde $550 hasta $2,000 dólares, significativamente más caro que registrar un .com
Captura de pantalla de GoDaddy mostrando una búsqueda del dominio “layshicurbelo.pr”. En la parte inferior aparece un mensaje indicando que el dominio no está disponible.
En fin, si sigo, cambiamos el tema y eso no era. Pero creo que es importante incluir que, más allá de cocinar un mofongo y explicar cómo hacerlo, la conversación debería girar en torno a cómo eso que cocinamos habla inevitablemente de lo que somos. Y esto aplica tanto a un país como a la industria tecnológica. Estos son los temas que debemos retomar en la mesa boricua.
Durante mi entrevista con Heidi Uchiyama (spoiler alert: grabamos para Command Z) hablábamos de cómo la cultura influye en la forma en que consumimos páginas y contenido web. Que mucho de lo que se ve viene con influencia norteamericana, pero con un sabor latino en el color, el contenido y la usabilidad. Así como la comida peruana tiene fusión japonesa y sale comida nikkei, mucho del diseño peruano, aunque sigue una estética anglosajona, responde mucho a cómo el peruano siente afinidad con el contenido para dar el paso a la credibilidad.
Dos piezas de sushi de salmón servidas sobre un plato blanco rectangular, acompañadas de una salsa cremosa debajo del pescado.
Otra cosa que me dejó con la boca abierta: que buen SEO tienes para la comida, Perú. Hablar de comida italiana y que el mejor lugar se llame “Pasta” no es un chiste. Y es que, de nuevo, no se complican. ¿Cómo buscarán el mejor restaurante de pasta? Pues por “pasta”, no se diga más. Me resuena en mi cerebro cuántas veces queremos llamar las cosas por miles de nombres sin pensar en cuál es ese keyword que el usuario escribirá de manera deliberada, por impulso, por instinto, por esa mal valorada familiaridad. Me dió mucho que pensar en como no solo llamamos a las cosas por su nombre, sino cuál es el intento de búsqueda que les damos a nuestros proyectos. Si queremos ser encontrados, tenemos que poder ser vistos de una manera lógica, sencilla y permanente.
Pulpo, aceto balsamico, aioli, micro culantro del Restaurante Pasta.
Karien, que ya es parte de la familia de Command Z, me enseñó que el ceviche no es solo ceviche y que hay diversidad dentro de este plato tan famoso que, al parecer, no puedes dejar Perú sin haberlo probado. A veces pensamos que con pocos recursos o herramientas no podemos lograr grandes cosas. El ceviche, así sea con pescado deshidratado, sabe increíble. No es lo que tienes, es cómo lo usas para que sea la mejor versión que pueda ser.
Me recordó a mis tiempos trabajando con organizaciones sin fines de lucro, donde el presupuesto está más cerca a $0 y, con amigos y muchas ganas, se logran cosas inimaginables. El reto es solo tener imaginación. Suena poético, pero veo muchos diseñadores estancados solo porque pagan una mensualidad por una herramienta que no les deja fluir la creatividad, cuando tal vez ni siquiera necesitan esa herramienta. Siempre hablo de la accesibilidad como una herramienta estratégica, pero también entré a esta industria por el reto. Cuando hay más restricciones y limitaciones, mejores productos afloran. ¿No se puede ver? Pues se va a escuchar. ¿No se puede tocar? Entonces le vas a poder hablar.
Plato de ceviche con pescado marinado, cebolla morada, ajíes y maíz, servido en un plato blanco con una rodaja de camote al lado del restaurante Club Lambayeque.
Cena junto a Karien y Alejandra.
Cena junto a Karina Pastor.
Me llevo de esta experiencia que el diseño, al igual que la comida, se siente mejor cuando se comparte, cuando se habla en la mesa, cuando se comparte entre amigos. Sentarme junto a los chicos de Mutaciones o con las chicas en casa de una recién mudada, con solo cajas y un buen mantel de papel, me hizo entender que el diseño del futuro no se puede comenzar sin hablar en colectivo. Me di cuenta de que no hay diseño sin humanos, no hay Perú sin comida y que, definitivamente, el orden correcto siempre será primero la gente y luego la comida.